17. A un paisano impotente
¡Colonia, que deseas celebrar tus fiestas sobre tu largo puente
y estás dispuesta a danzar sobre él, pero temes a sus inestables
columnas sostenidas sobre pequeños pilares de segunda mano,
no se vaya a derrumbar y caer sobre el profundo pantano!
¡Ojalá responda a tus deseos este puente, en el que incluso
los Salios puedan cumplir sus ritos religiosos:
concédeme, Colonia, un regalo de lo más divertido!
Quiero que cierto paisano tuyo se caiga de cabeza de tu puente
sobre el agua enfangada, pero solamente por el sitio
por donde la profundidad y la fetidez del lago
sean mayores en hondura y hediondez.
Es un idiota completo, y con el seso de un niño de dos años
que duerme acunado en los temblorosos brazos de su padre.
Aunque está casado con una joven en la flor de la vida
(una joven más delicada que un tierno cervatillo,
a la que se debe vigilar más que a las uvas negras),
la deja vestirse a sus anchas, sin importarle un comino;
sus partes ni se le empinan, sino que yacen semejantes
a un olmo cortado de cuajo por el hacha segur,
sintiendo todo igual que si no tuviera nada.
Así ese simple bobo no ve nada, no oye nada,
ni sabe quién es, ni si existe o no existe.
A ése quiero ahora tirar de cabeza desde tu puente,
a ver si despierta de una vez de su estúpido letargo
y deja su indiferencia en el pesado cieno,
como una mula deja su herraje en el pegajoso barrizal.
21. Deja a mi jovencito
Aurelio, padre de las hambres,
no sólo de éstas, sino de cuantas fueron,
son o serán en los años venideros,
quieres dar por culo a mi amado.
Y no a escondidas: estás con él, juegas con él,
y, pegado a su costado, intentas de todo.
Es inútil, pues tú, por tender trampas contra mí,
me la vas a mamar a mí primero.
Si lo cortejaras con el vientre lleno, callaría;
pero me molesta enormemente que el jovencito
aprenda ya mismo a pasar hambre y sed.
Así que, déjalo, mientras puedas hacerlo con honor,
no vayas a tener que terminar, pero mamándomela.
22. Buena persona, pero mal poeta
Varo, ese Sufeno, a quien bien conoces,
es un hombre encantador, ingenioso y elegante,
y además compone infinidad de versos.
Creo que ha escrito diez mil o más;
y no los ha copiado, como se suele, en un palimpsesto:
en papiros de lujo, rollos nuevos,
lomos nuevos, cordones rojos para los estuches,
y todo a plomo y alisado con la piedra pómez.
Cuando leas sus versos, entonces aquél simpático y elegante
Sufeno te parecerá un simple ordeñador de cabras
o un patán: tanta es la diferencia y el cambio.
¿Cuál podría ser la explicación? Quien hace poco
parecía un chistoso o algo más fino que eso,
ese mismo día es más basto que un basto gañán
tan pronto toca la poesía; y, sin embargo, nunca
es tan feliz como cuando compone poesías:
tal es el placer y la admiración hacia sí mismo.
Desde luego, todos cometemos el mismo error y nadie
puede salvarse de ser en cierta manera un Sufeno.
Que a cada cual se le han asignado unos defectos,
pero no vemos la parte de la alforja de la espalda.
24. Consejo a Juvenio
Tú, que eres el capullito de los Juvenios,
no sólo de éstos, sino de cuantos fueron
o serán después en los años venideros,
preferiría que hubieras dado las riquezas de Midas
a ése, que no tiene ni esclavo ni caja fuerte,
a que permitieras que te quisiera.
“¿Qué dices? ¿No es guapo?”, dirás. Lo es:
pero este guapo no tiene ni esclavo ni caja fuerte.
Tú desprecia y quita a eso la importancia que quieras:
pero aquél no tiene esclavo ni caja fuerte.
25. Al ladrón de Talo
Marica de Talo, más suave que el pelo de conejo,
o la pluma de ganso o el lóbulo de una oreja
o el pene fláccido de un viejo o la polvorienta telaraña,
pero tam bién más ladrón, Talo, que un violento huracán,
tan pronto una caja rica muestra sus rendijas abiertas,
devuélveme la toga que me robaste,
el pañuelo de Játiva y los bordados de Bitinia,
que, idiota, enseñas en público como herencia de familia.
Quítatelos ahora mismo y devuélmelos,
no sea que en tu pecho de lana y en tus suaves manecitas
se estampen las señales del látigo,
y te sientas a la deriva, como un barquito
sorprendido en el inmenso mar por un temporal de vientos.
67. Diálogos con una puerta
EL POETA
Salve, puerta agradable al dulce marido, agradable al
padre, y que Júpiter te colme de ricos bienes,
a ti, que serviste bien, dicen, a Balbo en el pasado,
cuando anciano habitó la casa,
y serviste mal, también cuentan, a su hijo,
cuando, enterrado el viejo, aquél se casó.
Venga, dime por qué se rumorea que has cambiado
y has abandonado la vieja lealtad de tu dueño.
LA PUERTA
“No es (con perdón de Cecilio, a quien ahora pertenezco)
culpa mía, aunque se diga que es mía,
ni nadie puede decir con razón que he hecho algo malo,
aunque eso lo hace la vana chismorrería de la gente,
que, cada vez que se comete alguna maldad,
me gritan todos: ¡puerta, tuya es la culpa!”
EL POETA
No es suficiente negarlo sólo de palabra,
sino hacer que la gente lo vea y se dé cuenta.
LA PUERTA
“¿Cómo? Nadie pregunta ni se preocupa de averiguarlo.”
EL POETA
Yo sí: no dudes contármelo.
LA PUERTA
“Bueno, en primer lugar, es mentira que me confiaran, como dicen,
a una virgen. Su marido anterior no la llegó a tocar,
pues su arma, que le colgaba más floja que una acelga pasada,
nunca se le levantó hasta el centro de la túnica:
se rumorea, en cambio, que el padre violó el lecho
de su hijo y deshonró esta desgraciada casa,
ya porque su impío corazón ardiera de ciega pasión
o ya porque su hijo fuera impotente y estéril,
de modo que había que buscar en otra parte algo más vigoroso
que pudiera aflojar el corazón de una doncella.”
EL POETA
¡Hablas de un padre de extraordinaria piedad,
que habría sido capaz de correrse sobre su propio hijo!
LA PUERTA
“Sin embargo, se dice que no sólo esto lo sabe
Brixia, situada al pie de la atalaya cicnea,
a la que baña el dorado Mela de suave corriente,
Brixia, la querida madre de Verona,
sino que también habla de los amores de Postumio
y Cornelio, con quienes ella cometió vil adulterio.
Aquí alguien dirá: “¿cómo sabes tú eso, puerta,
si nunca se te permite abandonar el umbral de tu dueño
ni escuchar a la gente, sino que ahí, sujeta al dintel,
te limitas a abrir y cerrar la casa?.”
Bueno, a menudo he oído a mi dueña hablar de sus
devaneos secretamente y a solas con las esclavas,
mencionando los nombres que he dicho, confiada en que
yo no tengo ni lengua ni oídos.
Además, hablaba de otro, a quien no quiero citar
para no hacerle fruncir su rojizo entrecejo.
Es un hombre alto, el que una vez tuvo que asistir a un juicio
sonado por el falso parto de un vientre mentiroso.”
ELOGIO DE HIMENEO
¿A qué dios deben invocar
más los enamorados deseosos?
¿A qué dios veneran más
los hombres, oh Himen Himeneo,
oh Himen Himeneo?
A ti tembloroso el padre te invoca
para sus hijos, por ti las doncellas
desatan el cinturón de sus vestidos,
a ti el recién casado, temeroso,
atiende con oído impaciente.
Tú eres quien pones en manos de
un joven ardiente a una doncella en flor
arrancada del regazo de su
madre, ¡oh Himen Himeneo,
oh Himen Himeneo!
Sin ti no puede Venus alcanzar
ningún placer que la buena
fama sancione: pero puede
con tu consentimiento. ¿Quién osaría
compararse con un dios así?
Sin ti ningún hogar puede
dar hijos legítimos ni los padres
tener herederos: pero pueden
con tu consentimiento. ¿Quién osaría
compararse con un dios así?
La tierra, privada de tu culto,
no podría dar defensores
a sus fronteras: pero podría
con tu consentimiento. ¿Quién osaría
compararse con un dios así?
LLAMADA A LA NOVIA
¡Abrid los cerrojos de la puerta!
¡Ven, doncella! ¿No ves cómo las teas
agitan su brillante cabellera?
¿Por qué te demoras? El día se va:
sal, recién casada.
No mires más a tu casa,
la que fue tuya, ni tu pudor
natural retrase tu marcha;
por prestarle más atención de la debida
lloras, porque hay que partir.
¡Deja de llorar! No hay peligro,
Arunculeya, de que ninguna
mujer más hermosa
haya visto salir del Océano
la luz del día.
Así suele brotar la flor
del jacinto en el colorido jardín
de un rico propietario.
Pero te retrasas, el día se va:
sal, novia, ya.
Sal, novia, si ya
te place, y escucha
nuestras palabras. ¿Ves? Las teas
agitan sus brillantes cabelleras:
sal, novia, ya.
Tu voluble esposo, proclive
a peligrosos adulterios y a
emprender acciones reprobables,
no deseará descansar lejos
de tus delicados senos,
sino que, como la flexible vid
se enreda en los árboles cercanos,
así se enredará en tus
abrazos. Pero el día se va:
sal, novia, ya.
AL LECHO NUPCIAL
Oh lecho, que Tiro adorna
para toda clase de amores
con colcha de púrpura
y la India sostiene con los níveos
pies de una cama de marfil,
¡qué goces tan grandes se preparan
para tu dueño! ¡Qué placeres
en la vaga noche, qué gozos
al mediodía! Pero el día se va:
sal, novia, ya.
PROCESIÓN NUPCIAL
Levantad, muchachos, las antorchas:
veo llegar el velo de la novia.
Venid y cantad al compás:
“¡Oh Himen Himeneo io!
Oh Himen Himeneo!
Que no callen por mucho tiempo
los procaces versos fesceninos
ni el favorito niegue nueces a los niños,
cuando se entere de que ha terminado
el amor de su dueño.
¡Da nueces a los niños, indolente
favorito! Bastante tiempo te has
divertido: te agrade ya
servir con las nueces a Talasio.
¡Arroja, favoritos, nueces!
Te repugnaban las campesinas,
favorito, ayer y hoy:
ahora el peluquero afeitará
tu cara. ¡Ay, desgraciado, desgraciado
favorito, arroja nueces!
AL NOVIO
Dicen que de mala gana tú
renuncias a tus favoritos, marido
perfumado, pero renuncia.
¡Oh Himen Himeneo io!
¡Oh Himen Himeneo!
Sabemos que sólo has conocido
placeres lícitos para un soltero,
pero esos mismos son ilícitos para un casado.
¡Oh Himen Himeneo io!
¡Oh Himen Himeneo!
A LA NOVIA
Tú tampoco, novia, te niegues
a las peticiones de tu marido,
no vayas a buscarle a otra parte.
-¡Oh Himen Himeneo io!
¡Oh Himen Himeneo!
He aquí para ti la prospera y feliz
casa de tu marido,
que bien esté a su servicio,
-¡Oh Himen Himeneo io!
¡Oh Himen Himeneo!-
hasta que la canosa vejez haga
mover temblorosamente tu cabeza
diciendo que sí a todo y a todos.
¡Oh Himen Himeneo io!
¡Oh Himen Himeneo!
Traspasa con buen augurio
el umbral con tus pies de oro
y franquea la pulida puerta.
¡Oh Himen Himeneo io!
¡Oh Himen Himeneo!
¡Mira cómo tu marido, recostado
dentro sobre una colcha de púrpura,
está totalmente pendiente de ti!
¡Oh Himen Himeneo io!
¡Oh Himen Himeneo!
Una llama lo abrasa en lo íntimo
de su ser no menos que a ti,
pero más profundamente.
¡Oh Himen Himeneo io!
¡Oh Himen Himeneo!
APARTE A UN PAJE
Suelta el torneado bracito de la
joven, paje con toga de púrpura:
que acuda ya al lecho de su marido.
¡Oh Himen Himeneo io!
¡Oh Himen Himeneo!
APARTE LAS MATRONAS
Vosotras, virtuosas matronas
de vida intachable junto a vuestros
ancianos esposos, preparad a la novia.
¡Oh Himen Himeneo io!
¡Oh Himen Himeneo!
EPITALAMIO
Acércate ya, marido:
tu esposa está en el lecho nupcial
y su rostro lozano resplandece
como la blanca manzanilla
o la roja amapola.
Pero tú, esposo, ¡por los dioses
celestiales!, no eres menos
hermoso ni Venus te ha
descuidado. Pero el día se va:
¡ve, no te retrases!
Tu demora no ha sido larga,
ya llegas. Que Venus propicia
te asista, pues tus deseos
son deseos lícitos y no escondes
tu buen amor.
A LA PAREJA DE NOVIOS
Que anyes cuente el número
de los granos de arena africana
y el de las estrellas luminosas
quien desee contar vuestros
miles de juegos amorosos.
¡Haced el amor como os plazca y traed
pronto hijos! No conviene
a un apellido tan ilustre no tener
hijos, sino perpetuar siempre
el mismo tronco.
Quiero ver a un pequeño Torcuato
que desde el regazo de su madre
alargue sus tiernas manos y
ría dulcemente a su padre
con los labios entreabiertos.
Sea igual a su padre Manlio
y que fácilmente todos, incluso
quienes no lo conocen, puedan reconocerlo
y lleve en su rostro el pudor
de su madre.
Que este buen nombre, heredado
de su noble madre, continúe en su linaje,
como permanece en Telémaco,
hijo de Penélope, la singular fama
de una madre excepcional.
EPÍLOGO
¡Cerrad las puertas, doncellas!
Bastante hemos cantado. ¡Vosotros,
pareja feliz, sed dichosos y
disfrutad de vuestra sana juventud
con vuestra entrega diaria!